Isabel, mi madre, me confió hace poco, un breve sumario de su vida. De manera concisa me habló de su niñez junto a mis abuelos y tíos, de sus años de colegio, su juventud, su edad adulta temprana, su noviazgo y actual matrimonio de 60 años, de la experiencia de tener hijos y amarlos como sabe hacerlo, y otras cosas más. Concluyó con una frase parecida a: "He tenido una vida feliz, he sido bendecida y muy afortunada y quizás mi única frustración ha sido... no aprender a bailar tango". Si bien la charla surgió a raíz de las milongas y otros ritmos sureños que disfrutábamos en su casa, una tarde de domingo, su relato me inquietó y solo adquirió sentido con esa final confesión. Como ella, yo también, lo reconozco, quisiera aprender a bailar tango algún día. Respiré tranquilo, la besé, le di un abrazo y comenzamos a ver el siguiente baile en un portal de tangos en Internet.

El tango, danza e híbrido musical con raíces americanas, africanas y europeas –oriundo de la región del Río de la Plata, en Argentina y Uruguay– es hoy un género divulgado, reconocido y apreciado en el mundo. Con un origen proscrito a historias y cunas populares en puertos, cafetines y lupanares del sur del continente, hoy desfila también elegante y sensual por fastuosos escenarios y salones de baile y desde finales de 2009, la Unesco le otorgó estatus de Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad. Para quien se topa con él y lo acoge, el tango se convierte en un ente familiar, un compañero de penas y dichas, un amigo íntimo, una fantasía armónica, un poeta simple y profundo, una terapia para el alma y para el cuerpo y un pasatiempo maravilloso.

Independientemente de si se es seguidor del género o no, una vez se ha tenido la experiencia de oír y ver bailar una milonga o un buen tango, es imposible no albergar sentimientos de admiración y goce por el evento. Las presentaciones de intérpretes, parejas y grupos de baile en auditorios de cualquier parte, atraen multitudes y llenan recintos ansiosos de emociones y buena música. Una salida a un centro nocturno a disfrutar de un show de tango en vivo, junto con un buen vino y una cena, es programa predilecto y siempre será una cita romántica. Cada día es más frecuente ver personas de cualquier edad aventurándose en los secretos y beneficios de sus embrujadores ritmos y actualmente es fácil cruzarse con escuelas y academias dedicadas a su enseñanza. El tango vive, pues, más allá de sus países de origen y es bienvenido en los corazones de mucha gente.

"No entendí el tango durante muchos años, pero poco a poco me enamoré de él", cuenta la Dra. Marta Zátonyi, reconocida profesora argentina de arte y estética, de origen húngaro. Y a mí me pasó igual, como a tantos otros. Si usted ya está de "este lado", de los que sentimos el tango como cercano y lo apreciamos: celébrelo, vívalo, cántelo, báilelo (si puede) y comparta su fascinación con otros. Yo, por ahora, seguiré haciendo lo propio con mi madre. Con respecto a las clases de baile, mmm...