Digo aprendí, porque fue en ese momento cuando entendí y empecé a disfrutar de los beneficios que hay detrás del acto elemental de usar las piernas para ir de un lado a otro, especialmente cuando se hace al aire libre, por placer, salud y como estilo de vida.

 

Aunque siempre he sido activo, durante años jamás me llamó la atención salir a caminar como deporte. Hoy puedo decir que el corazón y el cuerpo entero cambian cuando se adopta esta costumbre. Una tarde de sábado acepté –a regañadientes– la invitación de un amigo a ir de caminata, sin saber que esa experiencia cambiaría mi vida y nuestra amistad. Ese día, recorrimos senderos que no conocía y nos enfrascamos en una conversación que se prolongó por horas. Como por arte de magia, los temas, los lugares, el aire, nuestra relación de tantos años, el sol, nuestros pasos, todo, se mezclaba en una coreografía perfecta que hacía que nuestra existencia allí alcanzara niveles sobrenaturales. Recuerdo que incluso sentí como si estuviera asistiendo a la proyección de una película. Aprendí tanto de él, de mí mismo, de nuestro sentido en este y otros mundos, del entorno, de nuestras familias, que fue inevitable tomar la decisión de volver a hacer lo mismo, es decir: salir a caminar, al menos una vez más. De esto, hace ya más de 12 años y no sé cuántas caminatas ya.

 

Caminar al aire libre sirve para casi todo. La mente y el espíritu se enriquecen también cuando acogemos esta práctica. Yo prefiero hablar de ella como un rito, como una celebración, antes que como un hábito o una rutina; se ha vuelto una de mis formas de vida favoritas. Probado está que gracias a estas caminatas se disminuye la depresión emocional, se regula y mejora el estado de ánimo, se combaten el estrés y la ansiedad, se mejoran los hábitos y la calidad del sueño, se induce a la relajación del cuerpo y por tanto se logran efectos tranquilizantes y se obtiene una sensación de euforia y bienestar.

 

Si a esto le sumamos los favores de una buena charla, el goce de bellos parajes, los sonidos y olores de la naturaleza, encuentros inesperados con gente de diversas procedencias e ideas y con plantas y animales, difícilmente puede pensarse en otro evento que convoque tantas y tan variadas cosas buenas al mismo tiempo. Así que salga a caminar al aire libre. Invite una amigo o vaya solo, pero no lo deje para después. Comprométase con su corazón, su cuerpo y su espíritu y tenga en cuenta que lo realmente importante aquí no es la meta, sino la jornada, su jornada.