Algo similar ocurre cuando sale a bolear en una cancha de tenis o al aceptar una invitación a jugar voleibol, en algún paseo familiar. Natalia, a quien conozco, de origen ruso, experta en idiomas y mayor de 75, no pierde oportunidad para treparse a los páramos, a más de 3.000 m s. n. m. y bañarse felizmente en cuanta cascada se le atraviese. Antonio, con 54 años, optó hace relativamente poco tiempo por el triatlón como hobby y sus ratos libres los dedica a entrenar natación, ciclismo y atletismo. Y Juan Jacobo, rondando los 85, transita varias veces por semana los senderos de los cerros de la ciudad, con un convencimiento y alegría que ya quisieran otros.

Tal vez usted conozca personas como estas, sabedoras de las dichas que brinda aprovechar parte del tiempo en lo que hoy se denomina actividades extremas o deportes de aventura o de riesgo. Estos eventos hacen referencia, por lo general, a la práctica de acciones físicas –muchas veces osadas y peligrosas– con un grado intenso de esfuerzo y ejecutadas en su mayoría en espacios naturales. La afición por estos programas se ha incrementado exponencialmente en los últimos años y millones de personas hacen de ellos parte significativa de su existencia. Desde luego, hay variedad de opciones y niveles de exigencia y dificultad; la clave consiste en elegir la o las que a uno le gusten, le brinden bienestar y pueda manejar sin comprometer salud y vida.

Entre los deportes extremos más conocidos suele mencionarse: paracaidismo, montañismo, surfing, parapente, buceo, esquí acuático y en nieve, rafting, ciclismo de montaña y canotaje. Todos demandan condiciones específicas de lugar y clima; buena preparación mental y física; conocimientos especializados; alimentación conveniente antes, durante y después; utilización de equipo adecuado; algo de planeación; cumplimiento de recomendaciones de seguridad; descanso anterior y posterior; y ejercicio compartido con al menos otra persona, preferiblemente. Estos factores, sumados a exigencias corporales inherentes a cada experiencia, hacen de las actividades extremas eventos altamente satisfactorios para quien se aventura en ellas. Una vez se ingresa al "club", cualquiera que sea, es difícil dar vuelta atrás. 

Si bien el patinaje, el tenis y el voleibol –escogencias de Luis Alejandro, mi padre– no están en la lista mencionada, ¿qué decir de su práctica a esa edad? Dadas las circunstancias, pienso que caben en la categoría, al igual que las preferencias de Natalia, Antonio y Juan Jacobo. Lo que realmente otorga el grado de extrema a una actividad es la combinación de sus características, lo que implica para quien la ejecuta (teniendo en cuenta condiciones particulares) y el nivel de satisfacción y beneficios que proporciona. Muchas actividades extremas pueden experimentarse a casi cualquier edad. Considérelo y arriésguese, con cuidado; podrían quedar gustándole.

 

Mauricio A. Salas