Al decir comodidad, me refiero a esa sensación de bienestar, de gozo, que podemos llegar a experimentar en ratos de ocio, disfrute y descanso; en nuestras relaciones personales, de pareja y familiares; en situaciones laborales; en la vida diaria en casa; afuera en la calle, con los demás; en actividades de estudio y aprendizaje; incluso, en encuentros con nosotros mismos, en el silencio de nuestras charlas y profundas reflexiones interiores. Disfrutar de esta condición de tranquilidad, complacencia y agrado es tan natural como sano y positivo. Sentir que las cosas fluyen en armonía y con naturalidad, sin mayor contratiempo, y que se dan de forma tal que no hay razón para sobresaltos, angustia, temores, desazón, es maravilloso. Sentirse cómodo es... muy cómodo, ¿no cree?

Cuenta una historia china que un maestro buscaba un ayudante; con tal fin reunió a sus alumnos y les informó que el elegido sería aquel que resolviera un problema que pondría en frente. Dijo el maestro a sus discípulos, alrededor de un hermoso jarrón con una bella pintura de una rosa roja: "Este es el problema". Los alumnos, absortos, miraban el fino vaso de porcelana, sin saber qué hacer. ¿Cuál es el misterio, el problema, si todo luce bien? Minutos después, uno de ellos avanzó y de un golpe lanzo el jarrón al piso, que –por supuesto– se destrozó al caer. El maestro sonrió y espetó con firmeza: "Tú eres el elegido. Sin importar su forma, un problema es un problema y al igual que un camino que urge ser abandonado, pero insistimos en recorrer por confort o simple rutina, precisa ser resuelto".

El término zona de confort designa lo usual, lo conocido, lo que se tiene y sabe y proporciona cierto grado de tranquilidad, sosiego y holgura. La zona de confort, por lo general, demanda esfuerzo y se construye con trabajo, paciencia y dedicación, razones adicionales por las cuales es difícil abandonarla, hacerla a un lado. Sin embargo, permanecer durante mucho tiempo en ella puede resultar inconveniente. Cuando la comodidad se torna en limitante, en freno para el crecimiento y el cambio, para la búsqueda de alternativas y opciones renovadoras y positivas, conviene evaluar los pros y los contras de seguir allí, estáticos y jugarse el todo por el todo en procura de bienestar en otros territorios, por desconocidos, inesperados o miedosos que sean o parezcan. A veces, empujar el jarrón por los suelos es la opción más provechosa, que no la más confortable.

¿Quién dice que después de los cincuenta no es posible arriesgar? Aspirar a cierta estabilidad y confort no implica dejar de vivir intentando, aventurándose, ensayando, equivocándose, cayendo y volviendo a levantarse, jugándosela a plenitud y disfrutando. Permita que el riesgo y la no-rutina sean parte de su estilo de vida. Quién quita que precisamente allí, esté su verdadera zona de confort.

 

 

Mauricio A. Salas